Anne Sauer es una inquieta muchacha que desconoce los ratos libres. Al mismo tiempo, estudia y se prepara para competir internacionalmente. Su disciplina es el esgrima, en el cual aspira a lograr una medalla olímpica.
Puede que la frase ''al que madruga, Dios lo ayuda'' sea cierta, pero no es por ello que Anne Sauer se levanta a las seis de la mañana todos los días. La muchacha de cabellera larga color castaño y la simpática sonrisa, simple y sencillamente, quiere evitar el estrés por la mañana. Así, su día comienza con un tranquilo desayuno con su madre y con su hermano de 16 años.
La madre se dedica a las ventas, mientras que el padre conduce vehículos pesados y está en casa sólo los fines de semana. Cada rincón del hogar irradia placidez. Lo mismo puede decirse de Rheinhardsachsen, el pueblo de 200 habitantes en el que vive la escolapia. Hasta hace poco, ahí no había conexión DSL para Internet. ¿Señal de movil? Para nada.
Aquí creció Anne Sauer, que sigue prendida a este lugar. El vínculo es tan fuerte, que prefiere manejar todos los días 70 kilómetros antes que mudarse a Tauberbischofsheim, donde se encuentra su escuela.
Escuela y deporte de alto rendimiento
Anne Sauer deposita la gran bolsa de viaje, llena de utensilios escolares y accesorios deportivos, en la cajuela de su Ford Fiesta color azul oscuro. Entonces se pone en marcha hacia la escuela de nivel medio especializada en ciencias económicas, en Tauberbischofsheim. El viaje de ida dura media hora.
Tauberbischofsheim es una ciudad de 13.000 habitantes que, pese a su tamaño, es también una gran capital en el mundo de la esgrima. La asociación local de este deporte es conocida universalmente, debido a la cantidad de medallistas olímpicos que de ella han salido.
En la clase de Anne Sauer, son varios los alumnos que han resultado “infectados” con el virus de la esgrima. La joven estudiante también lo tiene muy claro: seguirá como esgrimista activa, aún si llega a mudarse a Wolfsburg para estudiar pedagogía del idioma alemán y del deporte.
La base olímpica: un segundo hogar
A la una de la tarde, los compañeros de clase de Anne Sauer se van a casa; ella, en cambio, enfila hacia la base olímpica. Ahí no sólo entrena, sino que también toma clases. Antes de comenzar con las tareas escolares, almuerza con amigas en el comedor.
En el menú hay alimentos nutritivos, propios para deportistas, y mucha ensalada. Anne Sauer no cree en las dietas. Admite incluso que no puede vivir sin el chocolate. Pero uno no ve rastros de esta debilidad en la apariencia de la joven deportista. Ella entrena demasiado duro. Hasta el domingo, su día de descanso, gusta de jugar al fútbol.
Si Anne Sauer tiene algún problema con las tareas, puede acudir a uno de los maestros designados en busca de auxilio. La chica sabe apreciar y utilizar este apoyo. Desconoce el miedo a hacer preguntas.
Juego intenso, pero limpio
El programa comienza a las tres de la tarde: clase con el entrenador, masaje, y una cita semanal con el psicólogo. “El esgrimista debe estar siempre en forma, física y mentalmente, a fin de lograr el mejor desempeño”, dice Anne Sauer.
Todo sigue un programa exhaustivo. Antes de las dos horas de entrenamiento viene una cena ligera a las cinco de la tarde. Anne Sauer se sacia con medio emparedado. Después de todo, quiere estar en capacidad de moverse ligera y rápidamente en el salón.
¡Entonces comienza la acción! Postura, cadencia, concentración… todo debe ser perfecto. Cuando Anne Sauer y sus compañeras se visten de esgrimistas, se combate como si fuera una competencia formal: sin piedad.
De regreso a casa
Lo que Anne necesita luego de un día así, es relajamiento. Regresa a casa a eso de las nueve de la noche. Ya la esperan su madre y su hermano, y también su perra, Mia. Todos cenan tranquilamente en la cocina, al mismo tiempo que charlan. Ella tiene mucho que contar. Y también que paladear. ¡Chocolate, por supuesto!
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