01

 

Dana Sterlinkov debe ser una muchacha joven, pero bien templada. Ganó una medalla de oro, en la categoría cadete, durante la última Copa del Mundo de Esgrima celebrada en Mödling, un lugar que no conozco. Al parecer está en Austria, cerca de Viena. Durante la entrega de su medalla, al contrario de lo que amén de habitual suele ser preceptivo, no sonó el himno de su país. Dicen que no es la primera vez que sucede. Dana es judía y competía por Israel. El que no sonó fue el himno de Israel. Entonces Dana se puso a cantarlo, ella sola, a capela, con un par de razones, cuando menos, y una templanza digna de encomio. Poco a poco se le fueron uniendo sus compañeras de equipo; luego sus familiares. Es de suponer que algún judío más estuviese presente y también se le sumase.

Los autores del disparate de suprimir la interpretación del himno de un país admitido en la competición y ganador de un oro deben estar satisfechos. Satisfechos, pero abochornados. Yo los pondría de cara al encerado, armados de tiza y de paciencia, hasta que escribiesen mil veces "hay que respetar las reglas del juego, todas".

El mundo está disparatado. Hace poco, un juez privó del ejercicio del derecho a una letrada que se tocaba con el mismo velo islámico que no pocos quieren erradicar de aulas y otros lugares sin preguntarse qué haremos entonces con las monjitas o con las mozas que se adornen con pañoletas multicolores y jubilosas. Debemos empezar a pensar que nuestra sociedad es cada vez más multicultural y plurilingüe, más diversa, y que vamos a estar muy necesitados de una convivencia debidamente asentada en el respeto mutuo, mucho más que en la mutua tolerancia.

Lo sucedido en Austria es una muestra de intolerancia. O de no aceptación del triunfo ajeno. Me recuerda la intención malsana de un miembro de un jurado que quiso privar de su premio a un escritor porque era muy de derechas. Menos mal que no quiso premiar el trabajo de otro, muy malo pero muy de izquierdas. Quizá los responsables de la medida tomada en Mödling debieran ir pensando, a fin de ahorrarse situaciones tan bochornosas como la vivida, en hacer que en el futuro, los floretes de los esgrimistas judíos, tengan una cuarta menos de largo o, caso contrario, que los del resto tengan una más. Podría cundir el ejemplo y, según cuándo y en dónde, los atletas de Israel deberían correr los cien metros a la pata coja. Los árabes, por su parte, lo harían con los clavos de las zapatillas dirigidos hacia el interior de las zapatillas; bueno, si no todos, sí al menos uno en cada una. Y así los de izquierdas y los de derechas, los católicos, los feos y los sentimentales. ¡Dios, qué tropa!

LEIDO EN ...EL CORREO GALLLEGO.ES